El monótono pitido del monitor indicaba que aún continuaba con vida. Sus ojos estaban abiertos, sin embargo, hacía tiempo que no veían, que se encontraban vacíos de realidad. Tenía sólo unos centímetros de pelo, con un corte uniforme y una barba perfectamente rasurada que la enfermera repasaba dos veces por semana. Unas flores ya marchitas, pues llevaban allí desde el domingo cuando su hermana lo visitaba, reposaban en la mesilla de noche, a un lateral de la camilla. De las comisuras de sus jóvenes labios, libres de arruga alguna, rebosaba triste y patéticamente un hilo de transparente saliva, a causa del tubo que atravesaba su garganta conectándolo a un respirador, sincronizando con el lento latido de su corazón.

- ¿Cómo se encuentra hoy, señor Gordon? - las enfermeras solían hablarle, aún sabiendo que en su estado no era consciente de nada. Y sí así fuera, el tratamiento de usted se habría visto fuera de lugar con sus veintinueve años de edad, pero un hombre de su posición en una situación como aquella transformaba el respeto que en algún momento infundió en poco más que lástima.

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James L Redfield